Juego de Kim

El juego de Kim es una actividad lúdica que la pedagogía del escultismo rescata para su aplicación en el Tiempo libre o ámbito de la educación no formal, y que tiene su origen en el libro de Rudyard Kipling llamado Kim.

Es una actividad para el Tiempo libre ideal, así como un recurso para el aula muy interesante, divertido y con amplios beneficios educativos.

El objetivo principal de este juego es memorizar, mediante una observación y atención consciente, 15 objetos que son mostrados a los participantes todos a la vez, durante exactamente un minuto. Los objetos pueden estar en una mesa, bajo una paño que los tape.

Pasado el minuto se tapan los objetos, y cada participante dispondrá de exactamente dos minutos para tratar de recordar el máximo número posible de objetos, anotándolos en un cuaderno o papel.

En la versión original de este juego que realiza el personaje de Kim en la novela de Rudyard Kipling, y que comparto al final de esta entrada, los objetos son más complejos, tratándose de rocas diversas que trata de memorizar no solo sus nombres, sino también color, peso, particularidades,….

Por ello una variación de esta actividad lúdica y recurso para el aula es no solo la memorización de los objetos que se observan durante un minuto, sino también ser capaz de enumerar sus particularidades y características únicas, sus semejanzas y diferencias.

Se puede realizar también este juego con otras variantes, enfocadas a alguno de los sentidos, como pueda ser un juego de Kim sonoro, por medio del cual los participantes deban memorizar el sonido de diversos objetos y, después, tras escuchar uno nuevamente, averigüen de qué objeto se trata.

O un juego de Kim al tacto, por olores o por sabores. En cualquiera de las posibilidades, esta actividad desarrollada para la educación no formal pero igualmente ideal como recurso para el aula, despliega múltiples beneficios educativos.

Kipling, R. (1901). Kim.

“— Poco a poco…, poco a poco —replicó el hombre, y de un cajón de la mesa sacó un puñado de baratijas, que cayeron tintineando sobre la bandeja.

— Ahora —dijo el niño agitando un periódico viejo— míralas todo el tiempo que quieras, extranjero. Cuéntalas, y si lo necesitas, cógelas con la mano. A mí me basta con una mirada. —Y se volvió de espaldas orgullosamente.

— Pero, ¿en qué consiste el juego?

— Cuando tú las hayas contado y manoseado y estés seguro de recordarlas todas, yo las cubriré con este periódico, y tienes que darle cuenta al sahib Lurgan de lo que conserves en la memoria. Yo, por mi parte, escribiré mi relación.

— ¡Ah! — El instinto de competición se había despertado en Kim. Se inclinó sobre la bandeja. Allí no había más que quince piedras—. Esto es fácil — dijo, después de pasado un minuto. El niño colocó el periódico sobre las piedras refulgentes y se puso a escribir en un libro de cuentas indígena.

— Hay cinco piedras azules bajo el periódico: una grande, otra más pequeña, y tres chicas —dijo Kim apresuradamente—. Hay cuatro piedras verdes y una que tiene un agujero; una amarilla a través de la cual se puede mirar, y una que parece la boquilla de una pipa. Hay dos piedras rojas, y… y… he contado quince, pero se me han olvidado dos. ¡No! Espera un poco. Una era de marfil, pequeña y oscura, y… y… espera un poco.

— Uno, dos… — El sahib Lurgan contó despacio hasta diez. Kim sacudió la cabeza.

— ¡Atiende a mi relación! — interrumpió el chiquillo, riendo alegremente —. En primer lugar, hay dos zafiros defectuosos, uno de dos quilates y el otro de cuatro, según puedo juzgar. El zafiro de cuatro quilates está roto en una esquina. Hay una turquesa del Turquestán, plana y con vetas negras y que tiene dos inscripciones: una con el Nombre de Dios, en oro, y la otra, que está resquebrajada, porque procede de uña vieja sortija, y no la puedo leer. Ya tenemos las cinco piedras azules. Hay cuatro esmeraldas estropeadas, pero una de ellas está agujereada por dos sitios y la otra un poco tallada…

— ¿Sus pesos? — dijo el sahib Lurgan, impasible.

— Tres, cinco, cinco y cuatro quilates, poco más o menos. Hay una pieza de viejo ámbar verdoso, que procede de una pipa, y un topacio tallado de Europa. Hay un rubí de Birmania que pesa dos quilates, sin ningún defecto, y una espinela, defectuosa, que pesa dos quilates. Hay un marfil de la China tallado que representa a una rata sorbiendo un huevo; y por último hay — ¡ja, ja!— una bolita de cristal del tamaño de un guisante, engastada sobre una hoja de oro.

Y al terminar palmoteó alegremente.

— Puede ser tu maestro — dijo el sahib Lurgan sonriendo.”

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