¿Cómo conseguir que una clase se calle?

Si has llegado hasta esta entrada en este blog de educación y tiempo libre, y has leído su título, puede ser que pasen dos cosas: o que sigas leyendo con interés para ver si aquí hay alguna receta mágica que realmente logre lo que el título de la entrada dice, o que rechaces su lectura molesto por un título que pueda parecer procedente de la educación tradicional, a la cual te opones férreamente.

O quizás no pase ninguna de las dos anteriores y, entonces, vayamos bien encaminados: porque ni existen recetas mágicas que de inmediato haga que un grupo de personas cree un ambiente de silencio y atención (aunque algunas estén más cercanas, como vamos a leer a continuación); Ni es cierto que esta necesidad no exista durante el proceso educativo, algo que algunas corrientes tratan de explicar desde el punto de partida de que el discente ha de ser libre para hablar si quiere hablar. Ojo, que libre sí, pero también respetuoso, pues trabajar la escucha es también algo vital en educación.

En cualquier caso y, para resolver el título, esta es una entrada que continúa presentando las ideas claves que desarrollé durante un taller de formación sobre gestión grupal. De hecho, en el anterior post veíamos como no se trata de generar silencio porque yo quiera que los demás se callen, sino como respuesta a dos necesidades (la tuya y la mía), y como objetivo principal de respeto y construcción de grupo.

Una vez tenemos esto claro en la cabeza, la cosa cambia bastante. Porque las personas nos leemos entre nosotros mismos, más allá de lo que decimos. Y no es lo mismo que yo te lea a ti “que tú quieres que me calle para que tú me puedas contar lo que tú me quieras contar”, que yo te lea “que tú quieres que nos respetemos”. Esto segundo sí me interesa más, porque el mismo respeto que tú me demuestres, será el que yo te muestre a posteriori, y viceversa.

Pues bien, siguiendo con un segundo paso para la gestión grupal, hay otro elemento importantísimo para garantizar dicho clima de silencio y atención: la actitud.

Si estamos hablando de que nos leemos entre nosotros mismos, de que las personas somos espejos que reflejamos lo que el otro nos da, y más los niños y niñas, que son como esponjas, será por lo tanto importantísimo que, frente a la petición de una actitud de escucha, esté también una actitud de escucha, y de comunicación.

Si quieres que te oigan, adopta actitud de habla. Y si quieres que se establezca una comunicación real, pon todo tu ser, todas tus herramientas, al servicio del proceso comunicativo, el cual no solo entraña el aspecto verbal.

Cuando digo todos los elementos, me refiero a la postura, a la comunicación no verbal, y también a la verbal en cuanto a tono, timbre, volumen, modulación,…. aspectos a revisar y mejorar, buscando la mejor opción para comunicar, y para transmitir ese deseo de comunicación.

Y cuando ponemos todo nuestro ser en el proceso comunicativo, proyectamos realmente la esencia de dicho proceso, y contagiamos su necesidad.

Es en esa proyección donde se produce un cambio muy sustancial. Si estás encorvado, si te mueves en exceso. Si estás en una esquina al fondo. Si no das la sensación de que lo que estás diciendo, sea realmente importante. ¿Cómo esperas que alguien te escuche? Y también: si no prestas atención a los demás cuando te hablan o no tienes actitud de escucha, por ejemplo durante alguna pregunta, o si no das la sensación de que realmente te esté llegando, o parece que no te estás enterando de lo que otra persona en el grupo te está comunicando, ¿cómo pretendes que después, te atiendan a ti?

Actitud y proyección dentro del grupo de lo que quieres lograr con este, es fundamental para llegar al objetivo deseado.

Nuevamente, repito, como en la entrada anterior de gestión grupal: esto no es magia. Pero os aseguro que una correcta actitud comunicativa, y proyección de las necesidades comunicativas, logran el resultado buscado: conseguir construir un ambiente de silencio y atención, y una buena gestión grupal, sin necesidad de gritos, ni frustraciones, ni enfados que no llevan a nada.

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