Historia de una vaca

Sucedía que mi sobrino jugaba con una vaca pequeña de juguete. Entonces un día la cogí, y la coloqué en un lugar visible de la habitación.

La vaca, pese a estar a simple vista, estaba escondida por una sencilla razón: no estaba donde debía estar, sino en otro lugar, en una posición inverosímil para quien juega con una vaca en el suelo, la guarda, y vuelve a jugar.

¿Dónde está la vaca? Pregunto. Y el juego da comienzo.

Un juego que, en realidad, tiene tintes de dinámica pues plantea un reto mayor que el hallazgo del juguete: el auto descubrimiento de las capacidades personales que son, en este caso, las de observación y perseverancia.

Esta acción en realidad no es la primera vez que la hago. De hecho, soy muy aficionado a provocar conflictos cognitivos en interacción durante mi desempeño profesional en infancia y juventud.

Desde lo más sutil y sencillo como cambiar un juguete de sitio, o  preguntarle a un niño “cómo te llamas” mientras le has nombrado por su nombre; hasta acciones más complejas que, a fin de cuentas, buscan ofrecer estímulos y, por tanto, la oportunidad de averiguar cómo resolverlos.

Además, en este blog de Educación y Tiempo Libre ya he compartido algunas entradas en torno a la importancia de expandir lo rutinario, de no conformarse con lo cuantitativo, de generar conflicto cognitivo.

Aunque a veces pueda quedar como una broma aislada, que como mucho pueda despertar una sonrisa, en realidad no es la idea, ni mucho menos. 

Más allá de una broma (que conlleva el peligroso riesgo de que solo se ría uno de los dos en interacción), presentar estímulos diferentes, novedosos, busca la distensión o romper el hielo, un objetivo fundamental en educación cuando entras por primera vez en un grupo.

Y unida a la distensión, otra ventaja es la creación de vínculo, esencial antes de cualquier otra acción educativa.

Pero los beneficios que provocan el conflicto cognitivo van mucho más allá puesto que son, a mi juicio, una de las esencias fundamentales del proceso educativo.

Cuando algo deja de provocarnos conflicto cognitivo nos estancamos, dejamos de aprender de esto, o deja de interesarnos, o nos acomodamos a dar una misma respuesta a este mismo estímulo repetitivo.

Todo ello debe estar enmarcado dentro de las características de la actividades, pues por muy simple que sea esconder una vaca, en realidad no hablamos solo de coger y mover y se acabó, sino que existe un proceso lógico, aunque exprés, de inicio, desarrollo y evaluación o final.

Es entonces que el juego que ofrece un simple juguete, como pueda ser una vaca, se expande en nuevas posibilidades; adquiere nuevas dimensiones; crece.

Y al final, lo que parece una acción aislada y sin fundamento, se convierte en un juego seguido por todos: ya no soy yo el único que esconde a la vaca….

Incluso el niño juega a ver si el adulto es capaz de encontrar la vaca donde él ha decidido que puede ser un escondite acertado, dentro de las dinámicas de este juego inédito que, a la par, aporta un aprendizaje esencial.