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Cómo poner orden en un grupo de whatsapp

La famosa aplicación de comunicación WhatsApp tiene una cosa buena y una cosa mala.

La buena es que permite que todos los miembros de un grupo puedan compartir con los demás cualquier cosa. La mala, eso mismo.

Es una de las quejas, rozando la fobia, más sonada, causando auténtico pánico estar dentro de un grupo de esta aplicación, los cuales parece que se crean por cualquier motivo, justificado o no.

El colmo de nuestra era ha llegado hasta el pungo de que existan grupos de whatsapp para la comunicación formados por personas con las que no hemos hablado en la vida, salvo en dicho grupo (y a veces ni eso).

Crear un grupo de whatsapp para facilitar la comunicación (cuando alguna otra función como la difusión no nos vale) puede ser a veces útil, por lo que nos aventuramos a ello con pánico y resignación.

Sin embargo, a mí personalmente esta acción dejó de asustarme cuando comencé a aplicar la pedagogía del Tiempo Libre al uso de esta aplicación.

Una de las características del Tiempo Libre es la de buscar la forma de dinamizar positivamente grupos sociales.

Aunque sea mediante comunicación escrita, también podemos marcar pautas a seguir, dinámicas y normas para un correcto uso de un grupo dentro de esta aplicación.

Antes de continuar debo recordar que esto no funciona cuando el grupo no quiere, en el fondo, lo que se le va a proponer, porque hay que tener siempre claro en la gestión de grupos sociales que “un grupo hace lo que un grupo quiere hacer”.

Sin embargo en mi experiencia he podido comprobar como la mayoría de integrantes de los grupos en los que he aplicado lo que comento sí quieren y necesitan una serie de normas que, en ausencia de alguien que las establezca, no se desarrollan, mientras que el funcionamiento del grupo experimenta una mejora cualitativa cuando las normas son formuladas y reiteradas en casos concretos y puntuales.

¿Cómo poner orden en un grupo de whatsapp?

La clave para ello comienza compartiendo un mensaje con las instrucciones para un buen uso del grupo de whatsapp.

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Yo perdono, pero no olvido

La RAE define la palabra rencor como “resentimiento arraigado y tenaz”, algo que se puede extrapolar, dentro del ámbito de la inteligencia emocional, a una emoción que, al no haber sido resuelta, al no haberle dado respuesta, esta no ha cambiado y permanece en el tiempo.

Sin embargo nuestra creencia popular ha traducido el rencor como algo negativo, sí o sí: si tienes rencor, eres malo, porque hay que saber perdonar. Surgiendo el disfemismo “rencoroso”.

“Llamo rencoroso a aquel que no me perdona, como atajo rápido para zanjar un conflicto interpersonal que, en realidad, debería resolverse mediante un acercamiento, mediante una comprensión”.

Este adjetivo, rencoroso o rencorosa, es un disfemismo porque sentencia a la persona así calificada de algo que no debe hacer (porque yo, oyente, no quiero), pese a que lo necesite.

– ¡No debes ser rencoroso, no tienes por qué sentir rencor! – Y, sin embargo, si la emoción no se ha resuelto, hay que expresarlo, porque hasta que no se etiquete, hasta que no encontremos qué nos está pidiendo, qué necesidad nos marca, esta emoción no cambiará, seguirá ahí.

(Y si una emoción permanece, es casi imposible olvidarlo, sacarlo e la cabeza. Qué digo de la cabeza: de todo el cuerpo….)

Profundizando en este tema sale a la luz el significado de otras expresiones, como la típica “yo perdono, pero no olvido“. ¿Es esta expresión correcta, en el ámbito de la inteligencia interpersonal?

Bueno, para empezar, según se formule puede doler o no, tanto a la otra persona como a uno mismo. Pero creo que sí incluye esta expresión el inicio de algo que puede ser sano para una relación interpersonal.

Perdonar, hay que perdonar siempre, como “primer paso dado de acercamiento” en cualquier acción de tejido interpersonal….

Pero no podemos realizar un acercamiento puramente pasivo, dejándonos a merced de las necesidades del otro, ocultando las propias.

Esto no es una relación interpersonal sana, es decir: la que es beneficiosa para ambos.

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Conectar como iguales

– Tú no me entiendes lo que yo quiero hacer, y tan solo te comunicas conmigo con prohibiciones – Eso podría pensar muchas veces un niño con el que no hemos conectado.

Y es posiblemente la conexión la más valiosa herramienta en el campo de la educación.

Conectar es comprenderse el uno al otro. Tachamos a la persona de ser o tener un mal comportamiento y no siempre es que se esté portando mal adrede, sino que no existe una mutua comprensión de qué quiere y necesita cada uno, el docente y el discente.

Es por ello que el docente ha de tener una excelente inteligencia interpersonal, pues es responsable de lograr que el discente también la adquiera.

A veces no conectamos con un niño, con un joven, y esto hace que no logremos trabajar en sintonía. Sin embargo, el acercamiento puede provocar una conexión la cual nos lleve a poner las necesidades por encima de la mesa: – vale, tú me estás pidiendo esto, y te entiendo, pero vamos a intentarlo de esta otra forma, porque yo te tengo que pedir esto otro, y tenemos que buscar entendernos -.

Por eso muchas veces al niño del ejemplo anterior puede entenderle mejor, y conectar, su grupo de iguales. Aprendemos en la interacción con nuestros iguales. (Constructivismo social y Vygotsky).

Esto que comento lo he visto claro en un caso reciente, donde un niño tenía un comportamiento que pudiéramos llamar disruptivo (palabra de moda, cuidado con su uso) o inadecuado, pero en la observación descubría que era más bien una falta gigantesca de comprensión: – tú me regañas por algo que parece que no estoy haciendo bien, pero lo que yo veo más bien es que no comprendéis lo que estoy haciendo -.

Y, en este caso que comento, fue impresionante como, bajo la atención de otros niños, no de la misma edad, pero de una edad más cercana, de repente el comportamiento inadecuado se reducía casi a un uno por ciento.

¿Por qué? Porque se producía la comprensión. ¿Nos estamos comprendiendo ya? Vale, ahora hablamos la misma lengua. Qué es exactamente lo que yo quiero hacer, y qué es exactamente lo que tú me pides, o qué no debo hacer.

Y es curioso como a veces hay adultos que no están conformes con esto de la comprensión, y aseguran que los niños saben perfectamente qué tienen que hacer en cada momento, y si no lo hacen es porque deciden no hacerlo, y quieren portarse mal.

Y yo te pregunto, adulto: ¿Y tú, sabes perfectamente qué hacer en cada momento? ¿Cómo actuar, cómo comportarte, cómo hacer lo correcto no solo para ti, sino para tu entorno, en cada situación? ¿Estás seguro?

¿Cómo conseguir que una clase se calle?

Si has llegado hasta esta entrada en este blog de educación y tiempo libre, y has leído su título, puede ser que pasen dos cosas: o que sigas leyendo con interés para ver si aquí hay alguna receta mágica que realmente logre lo que el título de la entrada dice, o que rechaces su lectura molesto por un título que pueda parecer procedente de la educación tradicional, a la cual te opones férreamente.

O quizás no pase ninguna de las dos anteriores y, entonces, vayamos bien encaminados: porque ni existen recetas mágicas que de inmediato haga que un grupo de personas cree un ambiente de silencio y atención (aunque algunas estén más cercanas, como vamos a leer a continuación); Ni es cierto que esta necesidad no exista durante el proceso educativo, algo que algunas corrientes tratan de explicar desde el punto de partida de que el discente ha de ser libre para hablar si quiere hablar. Ojo, que libre sí, pero también respetuoso, pues trabajar la escucha es también algo vital en educación.

En cualquier caso y, para resolver el título, esta es una entrada que continúa presentando las ideas claves que desarrollé durante un taller de formación sobre gestión grupal. De hecho, en el anterior post veíamos como no se trata de generar silencio porque yo quiera que los demás se callen, sino como respuesta a dos necesidades (la tuya y la mía), y como objetivo principal de respeto y construcción de grupo.

Una vez tenemos esto claro en la cabeza, la cosa cambia bastante. Porque las personas nos leemos entre nosotros mismos, más allá de lo que decimos. Y no es lo mismo que yo te lea a ti “que tú quieres que me calle para que tú me puedas contar lo que tú me quieras contar”, que yo te lea “que tú quieres que nos respetemos”. Esto segundo sí me interesa más, porque el mismo respeto que tú me demuestres, será el que yo te muestre a posteriori, y viceversa.

Pues bien, siguiendo con un segundo paso para la gestión grupal, hay otro elemento importantísimo para garantizar dicho clima de silencio y atención: la actitud.

Si estamos hablando de que nos leemos entre nosotros mismos, de que las personas somos espejos que reflejamos lo que el otro nos da, y más los niños y niñas, que son como esponjas, será por lo tanto importantísimo que, frente a la petición de una actitud de escucha, esté también una actitud de escucha, y de comunicación.

Si quieres que te oigan, adopta actitud de habla. Y si quieres que se establezca una comunicación real, pon todo tu ser, todas tus herramientas, al servicio del proceso comunicativo, el cual no solo entraña el aspecto verbal.

Cuando digo todos los elementos, me refiero a la postura, a la comunicación no verbal, y también a la verbal en cuanto a tono, timbre, volumen, modulación,…. aspectos a revisar y mejorar, buscando la mejor opción para comunicar, y para transmitir ese deseo de comunicación.

Y cuando ponemos todo nuestro ser en el proceso comunicativo, proyectamos realmente la esencia de dicho proceso, y contagiamos su necesidad.

Es en esa proyección donde se produce un cambio muy sustancial. Si estás encorvado, si te mueves en exceso. Si estás en una esquina al fondo. Si no das la sensación de que lo que estás diciendo, sea realmente importante. ¿Cómo esperas que alguien te escuche? Y también: si no prestas atención a los demás cuando te hablan o no tienes actitud de escucha, por ejemplo durante alguna pregunta, o si no das la sensación de que realmente te esté llegando, o parece que no te estás enterando de lo que otra persona en el grupo te está comunicando, ¿cómo pretendes que después, te atiendan a ti?

Actitud y proyección dentro del grupo de lo que quieres lograr con este, es fundamental para llegar al objetivo deseado.

Nuevamente, repito, como en la entrada anterior de gestión grupal: esto no es magia. Pero os aseguro que una correcta actitud comunicativa, y proyección de las necesidades comunicativas, logran el resultado buscado: conseguir construir un ambiente de silencio y atención, y una buena gestión grupal, sin necesidad de gritos, ni frustraciones, ni enfados que no llevan a nada.

Primer nivel de comprensión

– Yo te lo explico, y tú no lo haces, o no lo entiendes, o lo haces mal, o haces algo distinto a lo que habíamos quedado…. ¡Cómo puede ser! ¿Cómo tengo que decirlo? ¿Es que hablo en otro idioma? –

Pues sí, más o menos. Frustraciones aparte, que no sirven para nada: muy sencillo, muy rápido, pero de manera efectiva, y respondiendo a algunas dudas surgidas, y como complemento a otros post del blog. Os voy a presentar distintos niveles de comprensión.

Porque no entender (mi no entender) puede significar una no comprensión en alguno (o todos) de los siguientes niveles de comprensión que os presento en distintas entradas. Pero comencemos por el primer nivel, el que alude al proceso de atención, y a la fase de descodificación del proceso comunicativo (una fase totalmente personal, individual, subjetiva).

COMPRENSIÓN REAL

Si no hay atención real, no existe la comprensión. Esto es lo primero que tengo que garantizar y, para ello, existen dinámicas para la atención.

Estas hay que manejarlas desde las teorías de la atención, con las cuales conocemos que “la atención sostenida se transforma en oscilante” (Agazzi, 1973, p. 115), esto es: queramos o no, quieran o no, habrá veces que nos estén atendiendo, y momentos en los que no.

Para crear un ambiente de atención real, estoy compartiendo también en este blog de educación una serie de entradas sobre gestión grupal que, entre otras cosas, nos habla de la necesidad de generar un ambiente sano y facilitador del proceso comunicativo, del diálogo igualitario, del respeto y de la escucha.

Una vez nos atiendan, hay que saber que estamos hablando de proceso comunicativo, y no informativo: no transmitimos sin más, sino que buscamos una retroalimentación necesaria. Es por ello que garantizar la comprensión es asegurar que nuestra comunicación es clara.

Estamos muy mal acostumbrados, y damos las cosas por sentado, creemos que el sentido común es común, y pensamos que nuestra comunicación es clara, cuando no siempre lo es.

Cuando por ejemplo expresamos el típico “pórtate bien”, no estamos trabajando una comunicación clara. ¿Qué significa portarse bien? Hay todo un universo de matices solo en esa frase.

También sucede mucho en el trabajo en equipo que explicamos acciones, y pretendemos que todo el mundo funcione a mi nivel de comprensión: pero si las acciones no están matizadas, cada persona va a interpretarla desde su punto de vista y, por lo tanto, se producirán diversas comprensiones.

¿Y por qué es esto tan importante? Porque, si no hubo comprensión real, no puedes esperar la respuesta que estás esperando.

Un último apunte a modo de post post: Sé que caemos en el error, pero al hablar de distinto “nivel de comprensión” no nos referimos a que uno es más listo y otro menos. Es vital e importantísimo quitarnos esta idea de la cabeza, pues alguien puede ser la persona más inteligente sobre el planeta, y no comprendernos en un momento puntual.

Distintos niveles de comprensión significa distintos, ni mejores ni peores.

 

Agazzi, A. (1973). Psicología del niño. (6º Ed.) Alcoy: Editorial Marfil, s. A.

Cuatro claves en el aula

Hoy os presento una nueva colaboración para este blog de educación y tiempo libre, y os comparto un texto elaborado por una docente de Educación Primaria, ampliando así otras formas de ver y enfocar la educación.

¡Prometo compartir más reflexiones de otros compañeros y profesionales de la educación (formal y no formal)! Y no dudéis en compartir mediante comentario vuestras propias reflexiones, para que esta entrada sea aún más enriquecedora.

Cuatro claves en el aula

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Un buen docente debe permanecer actualizado, atento a las posibles novedades que presenta el mundo de hoy. Para garantizar su éxito personalmente considero necesario tener presentes cuatro claves en el desarrollo de sus clases y en su propio crecimiento personal, y así asegurar una buena evolución en las sesiones llevadas a cabo en el aula.

¿Y por qué, también, en su crecimiento personal? Porque un docente no puede enseñar algo que no conoce o que no sabe, por ello para poder emplearlo y transmitirlo en sus sesiones, primero debe procurar tenerlo presente en su vida personal.

Desde mi punto de vista y experiencia, las cuatro claves son Contenido, Comunicación, Cultura y Cooperación.

 Contenido: El contenido que se lleve al aula debe ser actual, interesante y de calidad. Por supuesto, debe relacionarse con los intereses del alumnado como menciona Ausubel cuando nos habla del aprendizaje significativo.

Además, el buen docente tiene que enseñar a su alumnado cómo buscar en las diferentes fuentes de información, y detectar cuáles son fiables o no. De modo que, no vale únicamente con ofrecer contenidos de calidad, sino que actualmente, si no se les muestra cómo llegar a este por su cuenta, esta competencia no está completa.

Es necesario ofrecer las herramientas suficientes para que los estudiantes sepan cómo adquirir el conocimiento sin necesidad de un guía, sobre todo porque esto les va a invitar a que cuando tengan una curiosidad por un tema en concreto, deseen profundizar en este.

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Demasiada instrumentalidad

– ¿Cómo estás?
– Bien, ¿y tú?
– Bien, gracias.

No, no es un error. El diálogo que acaban de leer es muy bien conocido. Se trata de una pregunta, aparentemente social, seguida de una respuesta social. ¿Cómo estás? Bien.

Pero, ¿y si te pregunto cómo estás de verdad, un poco más hacia el interior, por debajo de toda nuestra superficialidad y de las respuestas instrumentales y sociales?

¿Realmente estás bien? ¿Es un bien de felicidad, euforia, plenitud, alegría, asombro?

O por el contrario estás bien, es decir: tirando. Y en realidad te sientes triste, angustiado, desolado, con miedo, incertidumbre, rencor, desidia, mosqueo….

– ¿Cuántas te han quedado?
– Siete.
– Vaya. Pues ya sabes: a estudiar más.
– Sí, lo sé. Si ya me han quitado el móvil y todo.
– Eso está muy bien.

¿Les suena esta otra? El punto en común entre ambas es que son conversaciones de construcción social, es decir: nos acostumbramos a ejecutarlas, pero no siempre las pensamos, o las sentimos.

En el caso de la segunda, además, incluye una respuesta instrumental por parte del estudiante que la ejecuta: digo esto, que es lo que les gusta a los adultos oír.

Dicha no porque el alumno sea consciente de que tenga que decirlo: responde de manera social, sin pensar ni sentir, porque es lo que está acostumbrado a hacer.

Y por otro lado, en el segundo diálogo se añade una cuantificación y una comunicación racional, por encima de lo cualitativo, o de la comunicación afectiva.

Antes de las vacaciones de estas últimas navidades, oí muchas veces este tipo de conversaciones y, precisamente en uno de los casos, tuve la oportunidad de saltarme la comunicación social antes expuesta, para pasar a una comunicación real, sentida y con sustancia.

– Me han quedado siete. Pero vaya, que ya me han quitado el móvil y todo.
– ¿Y de esa forma, crees que te irá mejor en el segundo trimestre?
– Ah, pues, yo qué sé.
– ¿Por qué crees que has suspendido siete? (No importan los cuántos, sino los porqué).
– Pues porque me distraigo mucho. En mi casa no puedo estudiar.
– ¿No puedes estudiar en tu casa? ¿Y eso?
– Pues porque hay mucho ruido, y me distraigo con facilidad….

Es ahora cuando hemos entrado en una comunicación útil en la cual, podremos analizar, o aconsejar que analice los porqué de la situación, y no tan solo un número, o una consecuencia a algo que ha sucedido.

No digo que no deba existir la comunicación social, la superficialidad o lo instrumental, cada cosa tendrá su utilidad, en su momento justo.

Lo que sí estoy reivindicando con esta entrada es que sepamos distinguir una cosa de otra, y que si realmente nos importa, siguiendo el presente caso, la situación de un alumno que suspende, debemos conectar mediante una comunicación emocional, y no racional, profunda y de calidad, y no tan solo superficial y cuantitativa.

Comunicación como unión VI

En esencia un grupo, sin unión, no es grupo, y la herramienta que permite tejerlo es la comunicación.

No es baladí haber usado el verbo “tejer”, pues refleja muy bien el objetivo de lo que hay que construir con todo grupo social con el que se trabaja: el tejido emocional.

Este concepto de hecho ha sido una suerte poder haberlo añadido a mi vocabulario, y haberlo trabajado, gracias a los cursos de inteligencia emocional impartidos por la empresa Elanvital.

Dentro del concepto de tejido hay que explicar que, precisamente cuando sucede un problema dentro del grupo, cuando el tejido se fragmenta, un alejamiento siempre va acompañado del empeoramiento de la situación. Precisamente cuando algo va mal, más nos tenemos que acercar a ese problema, a ese conflicto, a la persona, para reponer la brecha en el tejido emocinal, usando como aguja la comunicación.

Lo que rompe un grupo es la ruptura del tejido. ¿Cuántas veces hemos visto un grupo social en el que hay miembros descontentos con algo, y no lo expresan a quien deben expresarlo, sino que dispersan el malestar cual esporas, convirtiéndose en auténticos zombies? Esta es la gente gris de la que hay que alejarse, porque te arrastran hacia el negativismo, cuando la solución no es compleja (aunque hay que trabajarla): si hay un problema, no queda otra que ir a solucionarlo. Y si no se soluciona, o se llegan a discrepancias insalvables, no queda otra que marcharse.

Pero es o una, u otra cosa, no podemos querer las dos cosas a la vez: marcharnos y que se solucione, lo cual no tiene sentido, o lo que sí que sucede muy a menudo, cuando las personas protestan de aspectos del grupo y aún así se quedan en el grupo, pero no hacen por solucionarlo.

Si no hay comunicación, no hay solución. Y comunicación no es mascullar el problema, sino coser el tejido, acercarse al conflicto, dialogar por el encuentro y la solución.

Dentro del esquema compartido en esta pequeña formación para la gestión grupal, compartía las siguientes partes:

¡Conflicto!: Cada vez que se produce, procedemos a realizar un acercamiento, con comunicación. Una comunicación humilde, comprensiva y empática para oír y entender otros puntos de vista, y una comunicación dialogante, democrática, asertiva y concreta para exponer los puntos del conflictos, e intentar dar, de manera constructiva, con unos pasos que nos lleven a un encuentro y a una solución.

Comunicación como unión V

Dentro de las definiciones y características de la comunicación, nos hemos dejado atrás un concepto que creo de vital entendimiento para manejar este proceso de forma adecuada. De cara a la comunicación interna, hay que saber distinguir entre comunicación sincrónica y comunicación asincrónica.

En esta formación sobre el proceso de la comunicación como herramienta de unión, prestamos especial atención a estos conceptos asíncrono y de sincronía debido a que la comunicación interna actual en la mayoría de grupos sociales se ha desequilibrado hacia uno de los dos aspectos, quizás por desconocimiento o por uso incorrecto de las TIC, o por simple costumbre adquirida, pero no llegamos a diferenciar entre lo que es una comunicación rápida y directa, y una comunicación de respuesta postergada.

Hablamos pues de comunicación sincrónica como aquella que realizamos con un interlocutor que mantiene un ritmo socialmente lógico y aceptado de recepción – emisión, siendo ambos emisores y receptores, donde la comunicación fluye y se actualiza instantáneamente, permitiéndose así llegar más claramente a la idea transmitida.

El la comunicación sincrónica, el emisor constata en la retroalimentación que su mensaje ha llegado, se ha codificado, se ha generado una idea en el receptor y este ha generado una respuesta la cual emite instantáneamente.

Por otro lado, la comunicación asincrónica es aquella que se presenta de manera diferida: el emisor emite pero no recibe instantáneamente una respuesta, ni puede constatar hasta que esta se produzca que el receptor recibió el mensaje. Pero aun cuando sepa que lo ha recibido, no puede constatar instantáneamente que lo haya comprendido, o que haya generado una respuesta. Hay que recordar que todos estos términos son partes de un proceso complejo, aunque a veces los acometamos en cuestión de segundos.

Ampliando el temario, añadir los conceptos de comunicación sincrónica completa, formada por una comunicación verbal y no verbal (una conversación en persona), y comunicación sincrónica no completa, en la cual no interviene la comunicación no verbal (una conversación por teléfono).

Y los conceptos de comunicación asincrónica corta, cuando el tiempo de espera puede ser pequeño (un e-mail), y comunicación asincrónica larga, en la que los tiempos de espera de respuesta pueden ser grandes (una carta postal).

El problema surge, y de aquí la importancia de detenernos en estos aspectos durante la formación sobre comunicación, cuando tratamos una herramienta de comunicación asincrónica como es la que se da en las aplicaciones de mensajería instantánea de los móviles, como si de una comunicación sincrónica fuese. Pero no lo es.

Las aplicaciones de mensajería instantánea son comunicación asincrónica pues, por muy rápido que quieras responder, el emisor nunca obtiene un feedback de la calidad de una comunicación sincrónica real como es hablar con alguien en persona o por teléfono. Aunque puedas confirmar que le llegó a la otra persona, esto no te indica realmente si el receptor asimiló el mensaje, se formó una idea en la cabeza, y si ha generado o no una respuesta. Quizás tan solo lo vio, pero no avanzó en el proceso. Y aunque podamos contestar en cuestión de segundos, sería de cara a una única respuesta, y no a toda una conversación y, mucho menos, a todo un proceso.

Durante esta formación en comunicación interna debatíamos qué tipo de comunicación es este tipo de tecnologías, aceptando finalmente que sí habría una posibilidad de ser considerada sincrónica: solo en el caso de estar todos conectados y 100% atentos al discurso, a la conversación, sin atender a ningún otro estímulo.

Pero no, mayoritariamente este tipo de aplicaciones deben ser consideradas como comunicación asincrónica. Además de comunicación escrita y por lo tanto, se les debe dar un uso en base a ello:

  • Al ser asincrónica, no puedes exigir una pronta respuesta, y que esta haya sido generada con un nivel alto de comprensión-expresión.
  • Como decíamos, hay que distinguir entre ver, leer, comprender, generar una idea, formular una respuesta, responder. Si requieres un proceso más limpio, usa comunicación sincrónica.
  • Además, siendo texto escrito, tenemos que ser muy comprensibles si existen faltas de entendimiento del mensaje.
  • Y por supuesto, debe quedar bien claro: la entonación con la que tú lees no existe (es texto escrito), la estás añadiendo tú.

A veces, y sin saber siquiera la diferencia, utilizamos las aplicaciones de mensajería instantánea con fines informativos, que no comunicativos. En tales casos, no se espera una respuesta que, a fin de cuentas, desplaza de la línea de tiempo el mensaje inicial: para un mensaje como pueda ser “la reunión es a las 17.00 h.” no precisa mil mensajes seguidos de “vale”, “ok”, “llegaré un poco tarde”, “recibido”,….

Y siguiento también esta línea, un mensaje instantáneo principalmente informativo no requiere una respuesta comunicativa cortés al nivel de la comunicación sincrónica en persona. O dicho en otras palabras: un simple “ok” no debería ser descortés, no sería socialmente obligatorio poner un “oook” seguido de un emoticono de besito, y un corazón.

Pero claro, eso ya es terreno pantanoso que pertenece al ámbito de lo cultural, y no es de extrañar que con el tiempo haya que estudiar formas sociales del buen uso mediante mensajería instantánea.

Comunicación como unión IV

Dejando clara la importancia de la comunicación en el trabajo con grupos humanos, con equipos de trabajo, en actividad formativa, en educación, en tiempo libre, en comunidades y amistades,…., igual importancia habrá que darle a entender las características del proceso comunicativo, y cómo utilizarlo a todo detalle.

La comunicación es un proceso: préstale su tiempo.

No hablamos de una acción sencilla, sino de todo un proceso en el que interviene más de una persona. Si estudiamos el proceso, ¿por qué no nos damos cuenta de que es más complejo de lo que le suponemos muchas veces? La capacidad de habla no te otorga una buena y correcta comunicación, o sana comunicación como decía en la anterior entrada. Pero además, en esta hablaba de que nunca transmitimos la misma idea que percibimos. Si queremos que todas las ideas que se van a generar en este proceso sean lo más parecida posible, préstale el tiempo que se merece.

Malentendidos, pérdidas de información o fallos comunicativos son más comunes de lo que nos creemos, y nos enfadamos atribuyendo al otro malas intenciones o desinterés. Y la comunicación falla porque no le prestamos el tiempo que necesita como proceso real y complejo muchas veces que es.

La comunicación es emisión y respuesta.

Solo cuando obtenemos la respuesta de nuestro receptor, el proceso se configura. No sirve de nada comunicar mensajes si no certificamos que se ha entendido la idea, si no existe una respuesta. Por eso no podemos pretender establecer comunicación a diestro y siniestro, con mensajes que no son claros, o incompletos, o indirectos,…. Y luego pretender que haya una respuesta que, en ausencia del proceso, no se producirá.

La comunicación es clara, comprensible, compartible.

Lo que pueda ser claro para mi, puede no serlo para otra persona. Por eso hay que hablar muy claro, definir muy bien las cosas, ir al grano y ser específicos, cuando queremos una respuesta específica. Y comprobar que se ha entendido en el sentido correcto.

Si antes hablábamos de que no se da la misma idea en el emisor que en el receptor, imagina cinco, diez o cincuenta receptores. A mayor claridad, mayor similitud entre ideas, que nos permitirán una mejor comunicación.

La comunicación es directa, no impersonal.

Y concreta. No vale un “estaría bien” en los equipos de trabajo, o un “esto debería hacerse” en trabajo con grupos, alumnos, participantes,…. No se puede dejar caer algo que nadie cogerá como propio, y no porque no quieran hacerlo: puede ser que por procesos grupales, nadie se sienta en la obligación, con la responsabilidad o con la autoridad de responder a ese mensaje. Por eso hay que ser claros también hacia qué receptores me estoy dirigiendo.

Positivizante y constructiva.

El negativismo debe desaparecer de nuestras vidas. Cuando decimos lo que no se puede hacer, en lugar de lo que sí. Cuando adelantamos malas conductas, malas acciones, en lugar de sentar normas como un vínculo entre todos. Cuando perseveramos un rol negativo. Cuando sacamos los defectos de una propuesta como barrera anti proposiciones, sin aportar alternativas. Cuando le ponemos un no a todo.

La comunicación debe ser siempre lo más positiva posible, lo más constructora. Y también en esta línea, debe ser asertiva: ni agresiva, que siempre impone su razón, ni pasiva, que siempre se deja llevar, sino una comunicación que tire y afloje según la necesidad.