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Escucha y conexión, vitales para la educación

Comparto hoy una reflexión en torno a una conexión con un discente que, tal y como decía en una entrada anterior de este blog de educación, es lo primordial y fundamental en toda tarea docente: no importa lo que sepas, si no eres capaz de conectar.

Y, además, es una anécdota de pura escucha, otra necesidad fundamental que debemos generar como docentes dentro del grupo clase, como también expandía en una entrada de este blog docente.

Este momento de conexión y escucha que aquí comento se producía en un colegio, con un discente quien, en palabras de los docentes del centro, generaba más problemas en el aula que ningún otro.

De hecho los docentes nos habían advertido de él ya que parece ser que el año anterior insultó a uno de los voluntarios que asistían como yo para colaborar en este centro educativo.

Pues este chico que os comento se mostraba un poco más apático que los demás durante la actividad. Preguntándole cómo se encontraba, pero cómo se encontraba de verdad, saltándome la comunicación instrumental, me contó la realidad que vivía diariamente, con la cual no estaba a gusto.

Todos necesitamos que alguien nos oiga de vez en cuando y, sin embargo, a algunos nos escuchan más que a otros. Por eso el docente, siendo buen observador, puede descubrir en un solo gesto, o en una sola palabra, una necesidad imperiosa y vital de ser escuchado.

Por ello, estuve escuchando su historia y reflejándole sus emociones y pensamientos durante el tiempo corto, apenas unos minutos, pero después me agradeció que le hubiera escuchado y, aunque a penas hubo tiempo de realizar ningún aporte, estoy seguro que con tan solo escuchar, hice bastante para ayudarle.

Y es que a veces tan solo escuchar a las personas es ya una ayuda inmensa. Ser escuchados y ser entendidos en una necesidad básica de cualquier ser humano, y escuchar y comprender, una misión importantísima de cualquier docente, más aún en entornos con tanta diversidad cultural. Dedicar tiempo a esta misión, nunca es tiempo perdido. El problema es que el currículum oficial y sus contenidos gana terreno a cualquier otra labor pedagógica.

Es más: la necesidad de que el alumnado sepa estar tranquilo y callado en clase para poder aprender dichos contenidos, obedecer y estar atento para memorizar un par de cosas, gana mucho más que cualquier otro objetivo pedagógico. Parece que lo que los docentes quieren de su alumnado es que sepan asimilar la cultura del aula, portarse cortésmente y hacer uno u otro ejercicio de vez en cuando, o en palabras de Bruner (1971):

>>>> En la escuela los niños de corta edad desperdician mucho tiempo y esfuerzo imaginándose qué es lo que quiere el profesor y, generalmente, llegan a la conclusión de que se trata de ser pulcro, recordar o hacer algunas cosas en un cierto momento o de una determinada forma. 

Y, sin embargo, nuestra labor docente ha de estar ligada a las cosas que realmente son importantes en la vida de estos pequeños futuros hombres y mujeres (Cabaleiro, 1968).

Es por ello que la escucha, ligada a la motivación intrínseca, ligada al aprendizaje significativo y relevante, ligada a la resolución de conflictos, ligada a la inteligencia emocional,…. deban ser objetivo primero y primordial de todo proceso de enseñanza – aprendizaje.

Pero claro, ¿cómo anteponer esto al temario, cuando el tiempo aprieta, y el ciclo, y el centro, y los padres, y la ley, y….?

 

Bruner, J. (1971). The relevance of Education. London: Penguin.

Cabaleiro, E. (1968). Poder y autoridad en el oficio de educar. Nuestro tiempo, 165, marzo, 1968, p. 302.

Cuatro claves en el aula

Hoy os presento una nueva colaboración para este blog de educación y tiempo libre, y os comparto un texto elaborado por una docente de Educación Primaria, ampliando así otras formas de ver y enfocar la educación.

¡Prometo compartir más reflexiones de otros compañeros y profesionales de la educación (formal y no formal)! Y no dudéis en compartir mediante comentario vuestras propias reflexiones, para que esta entrada sea aún más enriquecedora.

Cuatro claves en el aula

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Un buen docente debe permanecer actualizado, atento a las posibles novedades que presenta el mundo de hoy. Para garantizar su éxito personalmente considero necesario tener presentes cuatro claves en el desarrollo de sus clases y en su propio crecimiento personal, y así asegurar una buena evolución en las sesiones llevadas a cabo en el aula.

¿Y por qué, también, en su crecimiento personal? Porque un docente no puede enseñar algo que no conoce o que no sabe, por ello para poder emplearlo y transmitirlo en sus sesiones, primero debe procurar tenerlo presente en su vida personal.

Desde mi punto de vista y experiencia, las cuatro claves son Contenido, Comunicación, Cultura y Cooperación.

 Contenido: El contenido que se lleve al aula debe ser actual, interesante y de calidad. Por supuesto, debe relacionarse con los intereses del alumnado como menciona Ausubel cuando nos habla del aprendizaje significativo.

Además, el buen docente tiene que enseñar a su alumnado cómo buscar en las diferentes fuentes de información, y detectar cuáles son fiables o no. De modo que, no vale únicamente con ofrecer contenidos de calidad, sino que actualmente, si no se les muestra cómo llegar a este por su cuenta, esta competencia no está completa.

Es necesario ofrecer las herramientas suficientes para que los estudiantes sepan cómo adquirir el conocimiento sin necesidad de un guía, sobre todo porque esto les va a invitar a que cuando tengan una curiosidad por un tema en concreto, deseen profundizar en este.

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Adaptar nuestra sesión a la situación

Cuidado con anteponer nuestras necesidades a la de los demás, en aquellos momentos en los que, precisamente tu profesión consiste en atender las necesidades de los demás.

A veces nos pasa inconscientemente, porque cierto es que también nosotros, en cualquier puesto laboral, tenemos una serie de necesidades que deben ser satisfechas por la otra persona, aunque esta sea un cliente. Cogiendo una profesión de ejemplo, como camarero, cierto es que para este el cliente siempre tiene la razón, pero eso no quita que su necesidad de que no le hablen a gritos deba ser cubierta. Por otro lado, por mucho que el camarero tenga hambre, no sería de recibo que se sentase a comer cuando está en su horario laboral, pues en ese momento son los otros los que acuden al establecimiento para cubrir esa necesidad en concreto.

En torno a esta idea reflexionaba otro concepto que llevaba tiempo dando vueltas, sobre el principal valor que debe tener un docente, pudiendo ser la humildad (teniendo que descartar otros muchos igual de buenos). Porque desde el mismo momento en el que abrimos la boca para explicar un concepto, tratando de hacerlo de manera didáctica y tocando solo aquellas áreas relevantes para ese momento en cuestión, debemos reconocer la certeza, con naturalidad, de que no lo sabemos todo sobre dicho concepto, y de que vamos a aparentar siempre que conocemos más de lo que realmente sabemos.

Quizás dominemos una materia pero, de la misma forma que nunca se deja de aprender, nunca todo se sabe….

Y la humildad es necesaria para ese momento crucial en el que de repente nos da la sensación de que tanto nosotros como docentes, como la materia que llevamos preparada, son lo único importante, lo único que hay en juego, lo único que existe. Y lo priorizamos a todo lo demás. Y eso no debería ser así, pienso yo.

A veces nos da la sensación de que vamos a transmitir un conocimiento vital y fundamental para el desarrollo del discente, de la otra persona. Nos puede parecer que vamos a descubrirle una gran verdad, o que tan solo vamos a darle un concepto sin el cual no podría vivir. A veces incluso llenamos una sesión entera de conceptos, pongamos por ejemplo, 100, pero: ¿somos conscientes de que finalizada esta, solo recordará 20?

Sí es verdad que a veces toda esa información sirve, aunque no se retenga en su totalidad. Pero a la hora de programar cualquier tipo de formación, siempre nos debemos plantear objetivos más allá de la simple transmisión de contenidos.

Y unificando nuevamente tiempo libre con educación, yo personalmente en el ámbito no formal siempre he planteado tres objetivos cruciales:

  • Atención: procura que estén atentos porque si no, todo lo demás, ¿para qué? Y atención es también interés, que es motivación.
  • Formación: porque efectivamente, si no aprenden nada en toda tu intervención, algo ha ido mal. Pero no es un “aprender los conceptos que tú traigas” sino simplemente, aprender.
  • Diversión: porque para aprender sin más, están los libros, que por cierto son a veces mucho más divertidos que algunos docentes. Además no hablo de una diversión banal, sino de una auténtica facilitadora de aprendizaje significativo.

Nos duele cuando tenemos que romper nuestros esquemas como docentes, y nos frustramos porque llevamos mucho tiempo formándonos y preparando una sesión, y nos empeñamos en hacer nuestro trabajo por encima de “leer” nuestro trabajo, es decir: visualizar cómo está la clase, y adaptar la sesión a la situación.

Si no tengo la suficiente humildad como para reconocer “esto no es lo que esperaba, no me sirve lo que he preparado”, no tendré la profesión suficiente como para adaptar mi proceso de enseñanza – aprendizaje, y adaptarlo a los verdaderos protagonistas, los que realmente tienen una necesidad que esperan cubrir: la de aprendizaje.

Educar es guiar

Educar es guiar, es orientar en los objetivos y su consecución, personales y sociales, presentes en el entorno actual de la persona.

Educar es ayudar a la otra persona a que llegue a ser lo que realmente quiera ser, algo que no conoce ni él mismo.

Es un proceso, que pasa por lo cognitivo, por el intelecto, pero con el perpetuo aporte de lo emocional. Proceso, sí, pero no matemático, porque así como lo que entra en un soporte informático se retiene por motivo de su programación, no podemos presuponer lo mismo de la mente humana.

Cada pizca de información que nos llega es procesada de mil maneras distintas en cada uno de nosotros y, aunque podamos predecir algunas reacciones a la entrada de un estímulo, nunca podríamos estar seguros de estas.

¿O acaso tú, lector, sabes con exactitud cómo vas a reaccionar a cada frase que te traiga la vida? Creemos estar preparados y muchas veces lo estamos, pero no siempre conocemos cuál será nuestra respuesta a cada paso del camino.

Por eso la tarea del educador es mostrar los diferentes caminos, enseñar cómo interpretar las señales y ayudar a recorrer el mismo. Y llegará un momento en el que la persona deba continuar sola por el mismo, porque en realidad cada senda no son más que partes de una ruta mayor, la ruta personal e individual de cada persona.

En realidad, da igual cómo enseñes la ruta, siempre que la persona la escoja libremente, de ahí la importancia de conocer distintas herramientas para que dicho caminante comprenda las opciones.

El educador ha de ser versátil, y no puede limitarse a una única técnica educativa porque, si afirmamos que todas las personas somos distintas, no a todos les valdrá el mismo estilo de enseñanza – aprendizaje.

Reflexionaba en anteriores entradas sobre qué significa educar y qué es la educación, y hasta ahora tenía claro que hablábamos de un proceso de raciocinio que desembocaba en una asimilación personal, y sigo creyendo que es una definición que permite con objetividad englobar una gran cantidad de metodologías y teorías, y no solo la que cualquier docente considere más adecuada porque, tal y como digo: no podemos cerrarnos a una teoría o a una metodología sabiendo que somos tan distintos entre nosotros y que además, un momento de nuestra vida puede ser muy diferente al otro.

Pero como ha de existir dicho proceso interno, la función del educador, función de enseñanza, termina donde empieza la función del educando, función de aprendizaje, que es personal.

El educador, como el fuego, ilumina y da calor al acercarse, pero es la persona la que tiene que prender (y aprender).

Educar significa, desde su interior etimológico, guiar, acompañar, ayudar a sacar el fuego de las personas, para que comiencen a ser brillantes….