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Yo perdono, pero no olvido

La RAE define la palabra rencor como “resentimiento arraigado y tenaz”, algo que se puede extrapolar, dentro del ámbito de la inteligencia emocional, a una emoción que, al no haber sido resuelta, al no haberle dado respuesta, esta no ha cambiado y permanece en el tiempo.

Sin embargo nuestra creencia popular ha traducido el rencor como algo negativo, sí o sí: si tienes rencor, eres malo, porque hay que saber perdonar. Surgiendo el disfemismo “rencoroso”.

“Llamo rencoroso a aquel que no me perdona, como atajo rápido para zanjar un conflicto interpersonal que, en realidad, debería resolverse mediante un acercamiento, mediante una comprensión”.

Este adjetivo, rencoroso o rencorosa, es un disfemismo porque sentencia a la persona así calificada de algo que no debe hacer (porque yo, oyente, no quiero), pese a que lo necesite.

– ¡No debes ser rencoroso, no tienes por qué sentir rencor! – Y, sin embargo, si la emoción no se ha resuelto, hay que expresarlo, porque hasta que no se etiquete, hasta que no encontremos qué nos está pidiendo, qué necesidad nos marca, esta emoción no cambiará, seguirá ahí.

(Y si una emoción permanece, es casi imposible olvidarlo, sacarlo e la cabeza. Qué digo de la cabeza: de todo el cuerpo….)

Profundizando en este tema sale a la luz el significado de otras expresiones, como la típica “yo perdono, pero no olvido“. ¿Es esta expresión correcta, en el ámbito de la inteligencia interpersonal?

Bueno, para empezar, según se formule puede doler o no, tanto a la otra persona como a uno mismo. Pero creo que sí incluye esta expresión el inicio de algo que puede ser sano para una relación interpersonal.

Perdonar, hay que perdonar siempre, como “primer paso dado de acercamiento” en cualquier acción de tejido interpersonal….

Pero no podemos realizar un acercamiento puramente pasivo, dejándonos a merced de las necesidades del otro, ocultando las propias.

Esto no es una relación interpersonal sana, es decir: la que es beneficiosa para ambos.

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Escucha y conexión, vitales para la educación

Comparto hoy una reflexión en torno a una conexión con un discente que, tal y como decía en una entrada anterior de este blog de educación, es lo primordial y fundamental en toda tarea docente: no importa lo que sepas, si no eres capaz de conectar.

Y, además, es una anécdota de pura escucha, otra necesidad fundamental que debemos generar como docentes dentro del grupo clase, como también expandía en una entrada de este blog docente.

Este momento de conexión y escucha que aquí comento se producía en un colegio, con un discente quien, en palabras de los docentes del centro, generaba más problemas en el aula que ningún otro.

De hecho los docentes nos habían advertido de él ya que parece ser que el año anterior insultó a uno de los voluntarios que asistían como yo para colaborar en este centro educativo.

Pues este chico que os comento se mostraba un poco más apático que los demás durante la actividad. Preguntándole cómo se encontraba, pero cómo se encontraba de verdad, saltándome la comunicación instrumental, me contó la realidad que vivía diariamente, con la cual no estaba a gusto.

Todos necesitamos que alguien nos oiga de vez en cuando y, sin embargo, a algunos nos escuchan más que a otros. Por eso el docente, siendo buen observador, puede descubrir en un solo gesto, o en una sola palabra, una necesidad imperiosa y vital de ser escuchado.

Por ello, estuve escuchando su historia y reflejándole sus emociones y pensamientos durante el tiempo corto, apenas unos minutos, pero después me agradeció que le hubiera escuchado y, aunque a penas hubo tiempo de realizar ningún aporte, estoy seguro que con tan solo escuchar, hice bastante para ayudarle.

Y es que a veces tan solo escuchar a las personas es ya una ayuda inmensa. Ser escuchados y ser entendidos en una necesidad básica de cualquier ser humano, y escuchar y comprender, una misión importantísima de cualquier docente, más aún en entornos con tanta diversidad cultural. Dedicar tiempo a esta misión, nunca es tiempo perdido. El problema es que el currículum oficial y sus contenidos gana terreno a cualquier otra labor pedagógica.

Es más: la necesidad de que el alumnado sepa estar tranquilo y callado en clase para poder aprender dichos contenidos, obedecer y estar atento para memorizar un par de cosas, gana mucho más que cualquier otro objetivo pedagógico. Parece que lo que los docentes quieren de su alumnado es que sepan asimilar la cultura del aula, portarse cortésmente y hacer uno u otro ejercicio de vez en cuando, o en palabras de Bruner (1971):

>>>> En la escuela los niños de corta edad desperdician mucho tiempo y esfuerzo imaginándose qué es lo que quiere el profesor y, generalmente, llegan a la conclusión de que se trata de ser pulcro, recordar o hacer algunas cosas en un cierto momento o de una determinada forma. 

Y, sin embargo, nuestra labor docente ha de estar ligada a las cosas que realmente son importantes en la vida de estos pequeños futuros hombres y mujeres (Cabaleiro, 1968).

Es por ello que la escucha, ligada a la motivación intrínseca, ligada al aprendizaje significativo y relevante, ligada a la resolución de conflictos, ligada a la inteligencia emocional,…. deban ser objetivo primero y primordial de todo proceso de enseñanza – aprendizaje.

Pero claro, ¿cómo anteponer esto al temario, cuando el tiempo aprieta, y el ciclo, y el centro, y los padres, y la ley, y….?

 

Bruner, J. (1971). The relevance of Education. London: Penguin.

Cabaleiro, E. (1968). Poder y autoridad en el oficio de educar. Nuestro tiempo, 165, marzo, 1968, p. 302.

Ser comprendidos

Si tuviera que resumir a día de hoy cuál es la esencia de la educación, qué es lo imprescindible para que se produzca el llamado proceso educativo mencionado en anteriores entradas en este blog de educación, sin duda apostaría por dos palabras de una profundidad infinita: ser comprendidos.

Puesto que no hay educación sin cercanía, como no hay calor lejos del fuego, crear lazos o tejido emocional es fundamental para este proceso.

Como muchos docentes saben:

Ya puedes ser la persona más sabia del mundo que, si no logras conectar con los alumnos, estos no aprenderán absolutamente nada. Como mucho, lo memorizarán.

Pero no solo en un aspecto académico sino en cualquier otro de educación no formal o en el ámbito familiar:

Lo que necesita un niño, que realmente es lo que necesitamos todos, es ser comprendido.

Cuando comprendemos a la otra persona (pero de verdad, y no a medias, o con interferencias de mi propio ser o pensar), captamos y certificamos qué necesita la otra persona, y es entonces cuando podemos plantear la solución a la necesidad, y desde el punto de vista del que tiene dicha necesidad: tú qué necesitas, cómo podemos alcanzarlo.

El problema reside en que comprender a los demás no es tarea fácil, pero no solo porque leer a los demás nos cueste, y porque no nos preocupamos en alimentar nuestra inteligencia interpersonal y, por lo tanto, andamos haciendo el mamut los unos con los otros. Sino porque además, muchas veces, proyectamos en los demás nuestras ideas como algo habitual, ya sea para bien o para mal.

Cuántas veces, frente a lo que vemos que está haciendo, hemos interpretado en un compañero, o en un alumno, o en un niño, que tiene una intención concreta, y nos convencemos de que es esa su intención cuando no le hemos preguntado, ni lo vamos a hacer. Y aún así muchas veces creemos estar al 100% seguros de que su intención es la que nosotros nos figuramos.

Pero si a veces no nos entendemos ni a nosotros mismos, ¿cómo podemos atribuir intenciones a los demás a diestro y siniestro? ¿Por qué rechazamos la escucha y el acercamiento, y nos conformamos con nuestra propia interpretación? ¿Por qué esa necesidad de ruptura, cuando el tejido que antes mencionaba se da únicamente con el acercamiento?

Por eso resulta tan necesaria la empatía, que no significa estar de acuerdo con la otra persona, sino comprenderla hasta lo más profundo, aunque discrepes y después puedas dar tu opinión. Pero habiéndola comprendido primero (y sintiendo la otra persona que, efectivamente, lo has hecho).

Por ello solo cuando comprendemos a alguien de verdad, logramos crear el verdadero lazo que nos permitirá ser un guía para esta persona, es decir, ser luz en el proceso educativo.

Escucha e inteligencia interpersonal

Desde una relativa actualidad discográfica hoy os comparto una canción muy recomendable de analizar, por lo que puede servir como recurso para una actividad dinámica de grupo de audioforum, en las cuales tras escuchar una canción podemos hablar en grupo destacando lo que nos ha sugerido o cómo aplicar su mensaje a nuestro día a día.

Pero inicialmente no la localicé para esta función, sino para una formación impartida en la cual buscaba ilustrar la importancia de que cada uno de nosotros somos un universo, que no debemos ser “bastos” en nuestra relación interpersonal, porque básicamente no lleva a nada, sino que debemos buscar un acercamiento con comprensión, escucha y a un ritmo sano para ambas personas.

La canción en concreto se llama Pausa, presente en el disco Autoterapia (qué oportuno) del 9 de marzo de 2018, y es del grupo madrileño Izal.

Deleitados con el vídeo, la magnífica puesta en escena de la patinadora y la canción, podemos pasar a analizar el mensaje de la canción. Y aunque seguramente engloba múltiples interpretaciones, personalmente me quiero centrar en las más interesantes para el título de esta entrada.

La canción es una llamada a la escucha de las personas: si cuando yo te hablo, tú me respondes con lo tuyo, interfiriendo con tus problemas, o intentando dar tus soluciones, o buscando desacreditarme, o esperando de mi un ritmo distinto al tuyo, o…. entonces no me estás escuchando.

Cuando ayudamos a alguien en algún problema solemos cometer errores como el intentar dar una solución rápida, contar nuestros propios problemas (estancando la escucha que hacíamos a la otra persona), o quitándole importancia al problema del otro, esperando que funcione a una velocidad mayor, exigiendo del otro una respuesta, cuando ni siquiera hemos comprendido (por falta de una escucha activa real) la pregunta.

Sin embargo cuando escuchamos a alguien debemos, precisamente, escucharle, a su tiempo, y desde una comprensión tal que, aunque no compartamos lo que nos diga, debemos entenderle, con empatía, porque nosotros no vivimos ahí dentro de la otra persona.

Cuando miramos a alguien a los ojos debemos tener muy claro que, desde esos ojos para adentro, hay todo un universo que desconocemos.

Si nosotros mismos nos sorprendemos de cosas que no entendemos de nosotros mismos, cuánto más desconoceremos del universo que son los demás. Por ello otra cosa a tener muy en cuenta es el gran cuidado que hay que tener con los juicios de valor, con las malas etiquetas, con los consejos desacertados o no aceptando lo que los demás nos dice que sienten. “¿Tú qué sabrás? Si nunca nadaste en mis entrañas”.

Algunas de las cosas antes comentadas tocan mucho el terreno de la inteligencia emocional y de la construcción de tejido emocional, conceptos desarrollados brevemente en las entradas sobre la comunicación y la creación de grupo o comunidad, aquí enlazadas.