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Dime con qué andas, y te diré cómo creces

Una vez, cuando era muy pequeño, me explicaron que el cuerpo humano se adapta enormemente a su entorno más inmediato, hasta puntos insospechados.

Y lo hacían con un ejemplo que se me ha quedado grabado a fuego en la memoria: si llevásemos todo el día, desde pequeños, unos patines en los pies, posiblemente nuestros brazos crecerían más largo de lo normal.

Quizás es un ejemplo algo exagerado, o pueda ser cierto pasadas generaciones (que ni mencionar el dolor de pies que una vida en patines puede acarrear).

Pero cierto es que nuestro entorno nos influye enormemente.

Ya lo advertía el filósofo Ortega y Gasset al hablar de que “yo soy yo, y mis circunstancias”, pero también en el ámbito de la Pedagogía, Paulo Freire habla de las personas que nos rodean como “no-yoes” que conforman nuestro yo.

Es decir: no solo los patines pueden transformar nuestro ser persona. También quienes nos rodean a diario, y esto es una enorme responsabilidad: ¿qué huella dejamos en los demás?

Y no solo las personas que nos rodean (nota mental: si quieres una vida positiva, rodéate de gente positiva).

Los distintos entornos, objetos, experiencias…. influyen en nuestra vida, y mucho más con los más pequeños de la casa.

Conforme crecemos, nos convertimos, en mayor o en menor medida, en lo que nos rodea.

Quizás por ello sea tan interesante la frase de San Agustín de Hipona que dice “si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama”.

Por supuesto que esto que comento no es algo determinista, no tiene por qué. Pero sí es importante, hablando de educación, entenderlo para comprender mejor algunos aspectos que hay a quien le parecen inexplicables.

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Nada que no sea tuyo

Siguiendo las anteriores entradas en las que hablaba de abrirse a la pedagogía como ciencia, amplío con un concepto fundamental a comprender, que resuelve muchos porqués: si cualquier cosa que leas o te cuenten, no lo haces tuyo, no lo hagas, porque no te va a funcionar igual.

No importa cuántos consejos o metodologías leas o conozcas o aprendas, ni lo bien que los hayas comprendido a nivel cognitivo. Si lo que quieres aplicar no te ha calado, no lo has hecho tuyo, y si funciona será a modo de molde idéntico o a marchas forzadas.

Oye, que también puede existir una fase de adaptación para aplicar lo que intentas aplicar, como docente, profesional del tiempo libre, padre o madre.

Pero es importante saber que cuando trabajamos con niños y niñas, con personas en general, es fundamental e inevitable que nuestra propia forma de ser forme parte esencial del proceso.

Por este motivo, todo lo que aprendas para tu labor educativa debe amoldarse en cierto sentido a tu propio yo, a tu forma de ser, en una alimentación recíproca que permitirá que lo puedas aplicar con coherencia, y con mayor efectividad.

Nuevamente el concepto de equilibrio educativo se hace presente, pues darás con la clave al aplicar una metodología al mezclar la esencia del potencial que esta ofrece, con tu forma particular e única de tu puesta en marcha: ni más de lo uno, ni más de lo otro.

Y es que por mucho que se quiera, siempre existe el prisma de lo subjetivo cuando intervenimos desde nuestro yo, claro está que sin perder la esencia de esa metodología o actividad que quieres llevar a cabo. Es por ello que sea tan importante no que memorices cómo se hace, sino que realmente lo comprendas desde tus múltiples dimensiones (cognitiva, emocional, interpersonal, moral….)

En otras palabras: una cosa es comprender y aplicar, válido para una manualidad de papiroflexia, por ejemplo, y otra muy diferente el hecho de interiorizar y transmitir, y llegar a la otra persona, como lo hace el calor y la luz del fuego por la simple cercanía.