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Mejorar no es haber fracasado

Que alguien te proponga un método diferente de actuación no implica que lo estés haciendo mal. Muchas veces ponemos una barrera a consejos y nuevos métodos por el miedo a la crítica, cuando en realidad la crítica (constructiva, no negativista) y la evaluación son esenciales para el crecimiento, pero ninguna de las dos nos indica que lo hayamos estado haciendo mal hasta el momento.

En la última entrada en torno a reflexiones y consejos para padres y madres hablaba sobre la importancia de tener la mente abierta a nuevas metodologías ya que, aunque algunas puedan funcionar y otras no, tener la mente y el corazón abiertos durante todo el trayecto educativo es lo que nos permitirá mejorar siempre.

Pero aceptar que una metodología que alguien nos comente, o que leamos, pueda ser mejor a lo que estamos aplicando actualmente, o descubrir que lo que estamos aplicando no es lo más correcto, no implica que lo hayamos estado haciendo mal con anterioridad, sino simplemente que antes dábamos lo mejor de lo que conocíamos y que, al conocer algo nuevo, también podemos pasar a dar lo mejor de lo que somos y conocemos.

Nada tiene de malo aprender. Nada tiene de malo mejorar. Son las claves del crecimiento y, como seres humanos, siempre estamos en crecimiento.

Os pongo un ejemplo personal a lo que acabo de argumentar.

Yo actualmente aplico conceptos y herramientas que he podido aprender dentro del área de la inteligencia emocional en el ámbito educativo. En esta formación, por ejemplo, hablamos de las seis emociones básicas humanas.

Si el día de mañana la ciencia avanza y los estudios en inteligencia emocional nos hablan de una cantidad distinta de emociones, mejorar a partir de este nuevo conocimiento no implica que hayamos trabajado incorrectamente hasta la fecha.

Y de la misma forma, que yo a día de hoy sepa cómo resolver un conflicto complejo por la vía de la inteligencia emocional, la cual me funciona mucho mejor de como lo hacía antes, que incluso a veces resolvía el conflicto, pero no a nivel emocional y, por lo tanto, este volvía a veces a producirse. Todo esto no implica que antes lo estuviese haciendo mal, sino que lo hacía lo mejor que podía y, ahora, en mi capacidad de apertura y de aprendizaje, trato de hacerlo mejor.

Porque si una persona argumentase que otra lo hace mal porque no lo hace como dicha persona sabe hacerlo, nos podríamos acoger al “solo sé que no sé nada” de Sócrates, y descubrir que todo el mundo en el Planeta Tierra lo hacemos todo siempre fatal.

Pero no, no lo hacemos fatal. Lo hacemos bien siempre y cuando lo hagamos de la mejor forma que sabemos hacerlo y, en el momento en que encontramos, conocemos y aprendemos una nueva forma, entonces solo desoírla sería obrar incorrectamente.

Es nuestra responsabilidad aplicar lo mejor de nosotros mismos y de lo que conocemos en cada caso y en cada situación. Y si descubrimos una nueva forma de trabajar en el proceso educativo, mejorar y aplicarla.

La pedagogía es una ciencia

Continuando con una entrada anterior sobre ser padres hablaba de la importancia de ser tolerantes y estar abiertos a otras opiniones, a otras fórmulas, a otros consejos: Que nosotros seamos los que mejor conozcamos a nuestro hijo no quita que alguien de fuera pueda dar con la clave a alguna situación.

En el ámbito profesional, esto pasa constantemente: a veces creemos que conocemos bien lo que sucede, y lo probamos todo, y nada funciona cuando, de repente, algo que no esperábamos, funciona de maravillas. Por ello este consejo es válido para padres y madres pero también para docentes y profesionales educativos.

Una mayor apertura nos va a traer consecuentemente una mayor riqueza en el trabajo con nuestros hijos, e incluso en el propio crecimiento personal, y nos permitirá conocer mejor los procesos de enseñanza – aprendizaje, ¿para qué? Para estar preparados y saber responder mejor cuando la situación cambie. Porque aunque entendamos bien a un niño hoy, este crece, y surgirán nuevos retos a trabajar (y mejor si es conjuntamente).

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Principio de igualdad

Si fuésemos todos iguales no podríamos aprender unos de otros, y por lo tanto no existiría la progresión. La diferencia nos permite aprender unos de otros, y progresar.

Rechazar al diferente no es más que una tumba a nuestra propia ignorancia, pues es rechazar aquello que puede hacernos crecer.

¿Acaso rechazarías a tu dedo gordo? Y, sin embargo, sin la variedad de dedos, no podrías alcanzar todas las funciones de estos. Y eso solo hablando de dedos, que podría seguir con cada parte del cuerpo.

Y así es la humanidad, un inmenso cuerpo que, cuando funciona unido, logra grandes cosas.

Es ahí donde está el problema, y la clave: hay que unirse. Y para ello nos falta mucha educación.

Educación para entender su importancia, para romper barreras, y comprender, comprender que “la unión hace la fuerza“. Y no es algo que se diga ahora: ¡si es que está ya todo inventado! ¿Por qué seguimos sin hacerle caso a esa máxima?

Todo ello resume el motivo por el cual el concepto de unión sea tan importante y necesario en el ámbito de la educación: porque necesitamos estar unidos para crecer de verdad. Y porque el mundo necesita que nos eduquemos en la importancia que tiene para los seres humanos la unión, la tolerancia, el respeto, la fraternidad,….

Cuando explico teoría sobre gestión de grupos y animación sociocultural, siempre incido en la importancia de pertenecer a un grupo para movilizar cambios en dicho grupo: desde fuera no vamos a lograr alcanzar los objetivos de la misma forma que desde dentro.

Es más: desde dentro no generamos, porque no formamos parte del grupo. Somos ajenos, desconocidos, extraños. Desunidos. Y, por lo tanto, no generamos educación.

Pues de la misma forma: sin unión, no hay lazos, sin lazos no hay vínculo, no hay conexión, no hay intercambio. No hay crecimiento. No hay educación.

Características del Animador sociocultural

Os comparto hoy las doce características descritas por Sáez Carreras (1997, p. 151.) para un animador sociocultural.

Estas características para el tiempo libre y la educación describen muy bien alguna de las herramientas y virtudes a desarrollar por parte de todo aquel que trabaja con personas, ya sean monitores de tiempo libre, animadores socioculturales o docentes.

Y creo que son especialmente interesantes de estudiar, y por ello he compartido siempre y comparto ahora en este blog de educación y tiempo libre, porque aglutinan muchos aspectos importantes de la gestión grupal y la pedagogía, y porque cada rasgo conlleva una carga de profundidad que merece la pena reflexionar.

Sáez Carreras parte de la reflexión sobre cómo ha de ser un animador sociocultural, y nos expone las siguiente doce características:

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Debería ser una persona dinámica y dinamizadora, motivada y motivadora, entusiasta y comprometida con su trabajo.

Abierta a las relaciones interpersonales y sociales, con tacto y respeto hacia los demás. Con capacidad de diálogo y comunicación. Acoge, sin reparos, a cualquier colectivo social que quiera integrarse en los programas.

Tiene confianza en la capacidad de los grupos para trabajar progresando y está convencido de la importancia del autodesarrollo personal a través de la dinámica grupal.

Está preparado para aprender constantemente. Es investigador activo y permanente de su praxis.

Está directamente implicado en el entorno y trabaja en él desde dentro. Está abierto al desarrollo comunitario integrado y cultiva la interdisciplinariedad al servicio de proyectos comunes.

Es un militante con el objetivo puesto en la transformación de la sociedad, en el cambio social.

Tiene equilibrio y madurez psíquica, flexibilidad mental y emocional para analizar los posibles conflictos grupales. Es abierto, tolerante, y tiene una gran disponibilidad para escuchar y atender a los demás.

Tiene capacidad de análisis y ejerce la crítica con espíritu constructivo.

Es optimista y se resiste al desaliento.

Tiene sentido del proceso. Sabe que toda actividad está enmarcada dentro de un proceso.

Utiliza el sentido del humor, sin caer en la chabacanería, para aliviar tensiones y romper hielos. Jamás ridiculiza a nadie.

A pesar de todo, no es ni un superhombre ni una supermujer. Tiene defectos y fallos y los asume con actitud autocrítica. Sabe, también, cuando su labor ha terminado y debe dejar paso a la comunidad.
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Sáez Carreras, J. (1997). Tercera Edad y Animación Sociocultural. Madrid: Dykinson.

Los blogs son tóxicos

No es casualidad el título, y quizás tampoco lo haya sido el conjunto de casualidades que me han llevado a la reflexión que en esta entrada reflejo.

Una de las primeras sucedía cuando escuchaba esta frase: “Los blogs son tóxicos”.

Venía a decir que en un blog no puede haber nada cierto, y que para obtener una fuente de información fiable, uno tenía que acudir a los periódicos.

(Como si los periódicos no hubieran tenido nunca que retractarse en más de una ocasión).

Otra venía un poco más adelante, cuando escuchaba la brillante aportación en relación a dónde acudir para adquirir recursos de cara a trabajar en el aula:

“¿Cómo vamos a ir a este u otro blog, que se mueven por modas?” Nos decían, en una formación para futuros docentes. “¿Cómo va a funcionar bien algo que uno pueda leer en un blog?”

Sin embargo, nos instaban, como futuros docentes, a acudir a las llamadas Actuaciones Educativas de Éxito, es decir: “aquellas actuaciones que siempre funcionan, porque están estudiadas”. (¿¡!?)

Cualquiera que trabaje en el ámbito de la educación sabe, o debe saber, que no existen actuaciones educativas de éxito, ni siquiera actuaciones que funcionen bien siempre, si o sí, en cualquier entorno.

Porque cada análisis de realidad es un mundo, y cada persona un universo, y lo que con este grupo me funciona, posiblemente no me dé buen resultado con aquel.

Pero aún más: cada persona, cada docente, o cada monitor, aplica las medidas, cada metodología desde su propia forma de ser.

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Demasiada instrumentalidad

– ¿Cómo estás?
– Bien, ¿y tú?
– Bien, gracias.

No, no es un error. El diálogo que acaban de leer es muy bien conocido. Se trata de una pregunta, aparentemente social, seguida de una respuesta social. ¿Cómo estás? Bien.

Pero, ¿y si te pregunto cómo estás de verdad, un poco más hacia el interior, por debajo de toda nuestra superficialidad y de las respuestas instrumentales y sociales?

¿Realmente estás bien? ¿Es un bien de felicidad, euforia, plenitud, alegría, asombro?

O por el contrario estás bien, es decir: tirando. Y en realidad te sientes triste, angustiado, desolado, con miedo, incertidumbre, rencor, desidia, mosqueo….

– ¿Cuántas te han quedado?
– Siete.
– Vaya. Pues ya sabes: a estudiar más.
– Sí, lo sé. Si ya me han quitado el móvil y todo.
– Eso está muy bien.

¿Les suena esta otra? El punto en común entre ambas es que son conversaciones de construcción social, es decir: nos acostumbramos a ejecutarlas, pero no siempre las pensamos, o las sentimos.

En el caso de la segunda, además, incluye una respuesta instrumental por parte del estudiante que la ejecuta: digo esto, que es lo que les gusta a los adultos oír.

Dicha no porque el alumno sea consciente de que tenga que decirlo: responde de manera social, sin pensar ni sentir, porque es lo que está acostumbrado a hacer.

Y por otro lado, en el segundo diálogo se añade una cuantificación y una comunicación racional, por encima de lo cualitativo, o de la comunicación afectiva.

Antes de las vacaciones de estas últimas navidades, oí muchas veces este tipo de conversaciones y, precisamente en uno de los casos, tuve la oportunidad de saltarme la comunicación social antes expuesta, para pasar a una comunicación real, sentida y con sustancia.

– Me han quedado siete. Pero vaya, que ya me han quitado el móvil y todo.
– ¿Y de esa forma, crees que te irá mejor en el segundo trimestre?
– Ah, pues, yo qué sé.
– ¿Por qué crees que has suspendido siete? (No importan los cuántos, sino los porqué).
– Pues porque me distraigo mucho. En mi casa no puedo estudiar.
– ¿No puedes estudiar en tu casa? ¿Y eso?
– Pues porque hay mucho ruido, y me distraigo con facilidad….

Es ahora cuando hemos entrado en una comunicación útil en la cual, podremos analizar, o aconsejar que analice los porqué de la situación, y no tan solo un número, o una consecuencia a algo que ha sucedido.

No digo que no deba existir la comunicación social, la superficialidad o lo instrumental, cada cosa tendrá su utilidad, en su momento justo.

Lo que sí estoy reivindicando con esta entrada es que sepamos distinguir una cosa de otra, y que si realmente nos importa, siguiendo el presente caso, la situación de un alumno que suspende, debemos conectar mediante una comunicación emocional, y no racional, profunda y de calidad, y no tan solo superficial y cuantitativa.

Adaptar nuestra sesión a la situación

Cuidado con anteponer nuestras necesidades a la de los demás, en aquellos momentos en los que, precisamente tu profesión consiste en atender las necesidades de los demás.

A veces nos pasa inconscientemente, porque cierto es que también nosotros, en cualquier puesto laboral, tenemos una serie de necesidades que deben ser satisfechas por la otra persona, aunque esta sea un cliente. Cogiendo una profesión de ejemplo, como camarero, cierto es que para este el cliente siempre tiene la razón, pero eso no quita que su necesidad de que no le hablen a gritos deba ser cubierta. Por otro lado, por mucho que el camarero tenga hambre, no sería de recibo que se sentase a comer cuando está en su horario laboral, pues en ese momento son los otros los que acuden al establecimiento para cubrir esa necesidad en concreto.

En torno a esta idea reflexionaba otro concepto que llevaba tiempo dando vueltas, sobre el principal valor que debe tener un docente, pudiendo ser la humildad (teniendo que descartar otros muchos igual de buenos). Porque desde el mismo momento en el que abrimos la boca para explicar un concepto, tratando de hacerlo de manera didáctica y tocando solo aquellas áreas relevantes para ese momento en cuestión, debemos reconocer la certeza, con naturalidad, de que no lo sabemos todo sobre dicho concepto, y de que vamos a aparentar siempre que conocemos más de lo que realmente sabemos.

Quizás dominemos una materia pero, de la misma forma que nunca se deja de aprender, nunca todo se sabe….

Y la humildad es necesaria para ese momento crucial en el que de repente nos da la sensación de que tanto nosotros como docentes, como la materia que llevamos preparada, son lo único importante, lo único que hay en juego, lo único que existe. Y lo priorizamos a todo lo demás. Y eso no debería ser así, pienso yo.

A veces nos da la sensación de que vamos a transmitir un conocimiento vital y fundamental para el desarrollo del discente, de la otra persona. Nos puede parecer que vamos a descubrirle una gran verdad, o que tan solo vamos a darle un concepto sin el cual no podría vivir. A veces incluso llenamos una sesión entera de conceptos, pongamos por ejemplo, 100, pero: ¿somos conscientes de que finalizada esta, solo recordará 20?

Sí es verdad que a veces toda esa información sirve, aunque no se retenga en su totalidad. Pero a la hora de programar cualquier tipo de formación, siempre nos debemos plantear objetivos más allá de la simple transmisión de contenidos.

Y unificando nuevamente tiempo libre con educación, yo personalmente en el ámbito no formal siempre he planteado tres objetivos cruciales:

  • Atención: procura que estén atentos porque si no, todo lo demás, ¿para qué? Y atención es también interés, que es motivación.
  • Formación: porque efectivamente, si no aprenden nada en toda tu intervención, algo ha ido mal. Pero no es un “aprender los conceptos que tú traigas” sino simplemente, aprender.
  • Diversión: porque para aprender sin más, están los libros, que por cierto son a veces mucho más divertidos que algunos docentes. Además no hablo de una diversión banal, sino de una auténtica facilitadora de aprendizaje significativo.

Nos duele cuando tenemos que romper nuestros esquemas como docentes, y nos frustramos porque llevamos mucho tiempo formándonos y preparando una sesión, y nos empeñamos en hacer nuestro trabajo por encima de “leer” nuestro trabajo, es decir: visualizar cómo está la clase, y adaptar la sesión a la situación.

Si no tengo la suficiente humildad como para reconocer “esto no es lo que esperaba, no me sirve lo que he preparado”, no tendré la profesión suficiente como para adaptar mi proceso de enseñanza – aprendizaje, y adaptarlo a los verdaderos protagonistas, los que realmente tienen una necesidad que esperan cubrir: la de aprendizaje.